Por Groningen en bicicleta

Groningen

No bien llega a la estación de ferrocarril, por cierto que espectacular, de Groningen (o Groninga en castellano) y pone un pie en la calle, el viajero percibe de golpe la diferencia entre una ciudad del norte y una ciudad mediterránea.

En vez de coches atascados y conductores irritados, en el fragor de un combate a vida o muerte por conquistar un centímetro de asfalto, por avanzar otro milímetro o simplemente por no ceder la posición tan afanosamente conquistada, lo que nos da la bienvenida en Groningen es, pásmense, un silencioso batallón de bicicletas.

En realidad es toda Holanda un país no sólo aficionado sino también practicante del sano hábito del cicloturismo. Digamos que lo que pierden en climatología, según opinaría un andaluz, lo ganan en orografía: así cualquiera, apostillará el gallego, maldiciendo el ondulado terreno de su tierra.

Pero Groningen, ciudad vital y joven, no en vano es un centro universitario de primer nivel, a la vez que bien regalada por la historia, las mansiones y los edificios antiguos del centro son una gozada, destaca incluso dentro de los Países Bajos como lugar amante de los vehículos de dos ruedas. Y eso, a pesar de que sea una región bastante húmeda, por cierto.

Los futuribles erasmus que nos lean tengan presente que la ciudad para ellos representa un destino apetecible. El centro, bordeado por un canal (estamos en Holanda), cuenta con un número de pubs y locales que, según se pregunte a los más dados a la hipérbole, superaría los doscientos. Doscientos pubs en España convertirían cualquier centro urbano en un maldito vertedero lleno de ruido. En Holanda, se consigue una zona animada, respetuosa, higiénica. ¿Cómo lo harán?

Pero además Groningen es una ciudad de la cultura, con muestras de arte, sobre todo figuras escultóricas, diseminadas aquí y acullá, deviniendo el hecho de los paseos en rutas agradables. Por estas latitudes no sólo gustan de bicicletas y tulipanes, también de museos. Los hay que versan de casi todas las temáticas, aunque sin duda el más importante es el propio Museo Groningen, cuyo edificio nuevo se ha convertido ya en un referente.

Si bien no tan referente como la torre Martini, donde por cierto nadie espere encontrarse a una mujer despampanante o a un galán con gafas de sol tomándose un vermouth, acaso el símbolo de la ciudad, detrás de la cual está la iglesia donde reposan, o reposaban, aunque no estamos del todo seguros (esta información nos la suministra un lejano amigo, loco por las reliquias… tiene que haber de todo en la viña del señor, no?) parte de las armas de ¿san Juan Bautista? Nos parece un poco extravagante, la verdad.

Pero, en fin, pudiera ser. Estravagante en sí es la misma ciudad en su conjunto. Bicicletear un templado día de Junio, pase. Ora, lanzarse a la aventura cuando el termómetro se pone en huelga de grados y una fina lluvia se empeña en rebozarnos…Claro que para aventura, aventura, utilizar la bicicleta en nuestras ciudades. Eso sí que es tener bemoles o ser, sencillamente, un inconsciente.

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