El Bosco y El Jardín de las Delicias

El Jardin de las Delicias

¿En qué consiste devenir artista, poeta, músico, filósofo, sino en ser capaz de atravesar la frontera del propio arte, poesía, música, filosofía, y regresar de una región todavía ignota, desconocida, salvaje, sin saber muy bien qué fue lo que se pasó, como si se volviese a la antigua condición humana tras la metamorfosis en lobo, aunque con signos claros (ojos enrojecidos, lengua ya seca o humedecida, voz quebrada, pirotecnia general sobre la expresión de un rostro) de haber vivido una anormalidad?

Algunos fueron y nunca volvieron: Hölderlin. Otros iban y venían hasta que las fuerzas les fallaron y se quedaron en el trágico limbo: Nietzsche. Y hay quien lo probó todo de una vez y a su regreso renegó para siempre de la luna llena, cerrando la puerta y estableciéndose definitivamente en el prosaico mundo: Rimbaud.

Sabemos que Jeroen van Aken, es decir Hyeronimus Bosch, es decir El Bosco, pintor holandés nacido en 1450, pertenecía al selecto club de los elegidos. De quienes saltan a ese pantanoso terreno, donde razón y locura copulan aparentemente sin discernimiento, y vuelven para contarlo aunque solamente a través del testimonio incomprensible de sus obras.

El Bosco. Montones de libros se han escrito sobre el pintor flamenco. Los Países Bajos, Holanda, están orgullosos de este hijo predilecto, aunque durante un largo paréntesis no haya sido comprendido, y sólo la mano benefactora de un jubilado Felipe II en el papel de mecenazgo pudiera salvar alguna de las obras maestras del genio holandés.

Cuadros como El Jardín de las Delicias, que precisamente por haberlo adquirido Felipe II a finales del XVI pertenece, hoy, a lo más valioso del Museo del Prado. Seguramente ya lo conocíais. De todas maneras, volved a contemplarlo. Se trata de un tríptico cuya realización se sitúa más o menos en 1500. Es obra de madurez artística: gracias a este cuadro llegamos al corazón de los propósitos del Bosco.

Lo de llegamos es un decir. La pintura del flamenco tiene cantidad de exégetas. Sin embargo, 500 años después las interpretaciones sobre El Jardín de las Delicias están lejos de parecer agotadas. El tríptico cerrado representa el tercer día de la creación del mundo. Una esfera dibujada con tonos grises y mortecinos sobre un fondo oscuro no aventura la explosión cromática que golpea al espectador al abrir el cuadro.

Tres paneles se muestran entonces, una narración en tres episodios a empezar desde la tabla de la izquierda, donde todavía en el paraíso la divinidad le presenta, a Adán, a su compañera Eva. Un paisaje variopinto, con fauna de lo más extravagante, acompaña a los protagonistas del Génesis. El panel central, hombres (incluidos de raza negra) y mujeres se entregan a los placeres de la carne. Finalmente, en el lateral derecho, el pecado es condenado. El pecado, significativamente, parece indisociable de la música (!).

La tabla central, el verdadero Jardín de la Delicias, ha sido admirada desde el primer momento por su complejidad y exquisitez, aun desconcertando de la manera en que lo hacía. El Bosco ha sido considerado el primer surrealista de la historia. La condenación o, por decirlo de otro modo, la moraleja destruyen de facto todo proyecto en verdad surrealista. Pero es tal el desconcierto a que nos mueve el Bosco, tanta la perplejidad, que la intención moralizante del cuadro, si la había, queda anulada por esa narración alucinada que, por mucho que no queramos, nos deja estupefactos.

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