Breda no se rinde

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Hasta hace no tanto a los niños holandeses que se portaban mal sus perversas madres les susurraban a los oídos: mira que viene el español. Bastaba para que los querubines, en el acto, se cuadrasen. Durante mucho tiempo, allá en Holanda, o en Bélgica, español era sinónimo del más ruin de los demonios.

Si tal sucedía en el conjunto de la región, ¿qué no pensarían en la asediada ciudad de Breda? Ahora, si Breda fue a finales el XVI y a principios del XVII una ciudad sufriente en buena medida debido a la intransigencia (en realidad, y valga el casi oxímoron, a la poca inteligencia de la intelligentsia española de la época) del gobierno de España, no es menos cierto que al agente de su martirio debe también el principio de su gloria eterna.

Pues Velázquez la tomó por tema. Velázquez, tal vez el más grande pintor de todos los tiempos de cualesquiera universos. Claro que habrá quien objete que Velázquez no pintó la ciudad de Breda, sino su rendición, matiz acaso a destacar. Sin embargo, y no frivolizamos, el nombre de Breda aparece bajo un óleo del maestro sevillano. Es suficiente.

Por otra parte, vista desde nuestra perspectiva, Breda se basta por sí misma para lanzarnos a su conquista. No militar, sino turística. Es una ciudad pequeña, histórica, fluvial, del sur del Holanda, provincia de Noord-Brabant (Brabante septentrional), fronteriza con la nación de los belgas.

Las ciudades del sur de Holanda, y en general de los Países Bajos, mantienen la fisonomía característica del resto de urbes del estado, aunque aportan rasgos propios. De hecho, muy (pero muy) al sur, hasta hay localidades donde se echan en falta bicicletas (no temáis: en Breda sí hay bicicletas). En todo caso, lo que al parecer no falta en ningún sitio son los canales.

Los canales rodean Breda, también. Pero lo que domina el centro, el centro del centro de Breda, en verdad, es la Plaza Mayor, la Grote Markt. Allí está la Onze-Lieve-Vrouwerkerk, la maravillosa iglesia de Nuestra Señora que, en representación del mejor estilo gótico de la provincia, se erige como el gran edificio artístico del centro histórico de la ciudad.

Desde el siglo XIII, esta iglesia ha sufrido achaques como todas, pero la han mimado como a ninguna. Lós últimos trabajos de restauración datan de los 90. No es de extrañar que la iglesia sea santo de devoción de los naturales de Breda quienes, junto a los visitantes, admiran especialmente el fantástico campanario, falo espiritual visible desde cualquier punto de la ciudad.

En la misma Grote Markt se halla el viejo ayuntamiento que sustituyó, a su vez, al precursor incendiado en 1534. Céntrico también es la otra referencia arquitectónica de Breda (con la iglesia): el castillo. Sin embargo, el castillo de Breda tiene un hándicap: hoy es academia militar, además sanconada con el título de real, y solamente abre sus puertas al público una jornada al año.

Pero esas son la clase de menudeces que jalonan todo viaje. Breda nos ofrecerá todavía su puerto fluvial renovado, sus típicos patios holandeses, sus esculturas de bronce, o su concurrido Café de la Cordialidad. O, en traducción más fiable, del Corazón (Hart) de Breda. Efectivamente, se halla en el corazón mismo de la ciudad.

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