Enkhuizen, retiro monástico y tradición

Enkhuizen

La Holanda que siempre habíamos imaginado está en la provincia de Noord-Holland, que resume la epopeya de drenaje y cerco al mar (empresa en principio condenada al fracaso) a través de los pólderes. No en vano, gran parte del territorio se encuentra por debajo de los 0 metros. Para ponerse a escarbar…

Enkhuizen es un antiguo puerto marinero ubicado en el IJsselmeer. Con un mapa delante, veréis que se encuentra en la punta de la nariz que mira hacia el Este, bañado por las aguas de lo que antaño fue el Zuiderzee, el mar del Sur, o sea, el mar del Norte penetrando el continente.

En 1932 se construyó el famoso Afsluitdijk, el dique que seccionó los dos mares y que condenó, por así decir, al mar del Sur a un obligado cambio de sexo: poco a poco sus aguas se tornaron dulces y lo que era mar salada se metamorfoseó en acaramelado lago: el Ijssel.

La consecuencia más inmediata fue que las poblaciones, como Enkhuizen, que desde siempre habían vivido de la pesca sufrieron un terremoto. Renovarse o morir…para algunos pueblos no fue suficiente con pasar de capturar arranques a centrarse en la pesca de agua dulce, como la de anguilas. Sin embargo, paseando por el concurrido, en cuanto a embarcaciones deportivas, puerto de Enkhuizen, imposible no pensar que a nuestro destino de hoy tan mal no le habrá ido.

Nada que ver, sin embargo, con aquel pujante centro marítimo, ligado de manera íntima a las vicisitudes de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Los vestigios del esplendor pasado de Enkhuizen perviven en los edificios otrora ocupados por la Compañía, tal el actual Centro Cultural De Drommedaris, asentado en una antigua puerta del XVI, con forma de doble cilindro.

El casco histórico de Enkhuizen es, por tanto, muy recomendable, con su calle principal de manso transitar. Al llegar al Ayuntamiento, o al pasar ante algún edificio público, no es extrañéis al ver colgada una senyera: no es tal, aunque se parece (curiosas y bien distintas entre ellas son las banderas de las provincias y regiones de Holanda…).

Las dos iglesias góticas, la del Oeste y la del Sur, son muy chulas (permitid que lo diga un poco ñoñamente), pero si de algo presume este pueblo (además de su atmósfera que a veces roza lo monástico cuando no lo claustrofóbico, que todo hay que decirlo) es del Zuiderzeemuseum, el museo del mar del Sur que, por cierto, nos mueve a ciertas consideraciones acerca de los holandeses.

Tipos enérgicos, que en su día se opusieron a la mejor infantería de la época (la española) hasta vencerla, que asimismo retaron al mar y. cosa todavía más increíble, lo hicieron recular, sus acciones demuestran audacia, innovación, ningún respeto a las incertidumbres del porvenir. Al mismo tiempo, sin embargo, se muestran absolutamente conservadores.

En Holanda no se destruye la naturaleza: se optimiza, se mejora, se embellece. Por otra parte, si la necesidad obliga a convertir un trozo del océano en un estanque de agua dulce, se asegura al mismo tiempo su supervivencia en el más exquisita archivo del hombre: su memoria.

Así, el Zuiderzeemuseum recrea la vida de los pueblos que dependían del mar del sur con una lograda delicadeza. El museo es una ciudad viviente, con casas de marineros, con barcas, con pescadores, con rederas, etc. Un homenaje en carne y hueso a un entorno que dio sentido y cobijó en su seno todo un conjunto de tradiciones durante siglos. Porque, para ser universal, primero acaso haya que empezar por ser de algún sitio, ¡viva la madre que parió a Holanda!

Foto vía: holland.com

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