Diversión en Ámsterdam

Coffeeshop en Amsterdam

Otras veces os hemos presentado programas culturales por diferentes ciudades holandesas. Eso está muy bien pero ¿y si no nos gustan los museos?¿Y si creyésemos que el mayor y más agradecido no es sino el museo de la vida en su animada cotidianidad?¿Y si ni siquiera nos acaba de convencer un destino como Holanda, amantes más bien del ajetreo mediterráneo de las plazas del sur?

Nuestra pasión, pongamos, reside en la agitada vida social. Nos gusta estar con la gente, charlar, disfrutar del otro. Nos aburre la contemplación de una mera tela colgada en la pared, nos importan un pepino los tulipanes, los molinos nos dejan indiferentes. ¿Entonces? ¿Se clausura la posibilidad de visitar Holanda? Por dios, en absoluto.

Un secreto: los que más gustan de los Países Bajos, y en concreto de Ámsterdam, son los desprevenidos, los que llegan por casualidad, los que no muestran de antemano la adhesión inquebrantable. Imaginemos una buena oferta de avión que sirva para tentar a uno de esos amigo pertenecientes a la clase de los incrédulos, hombres de poca fe. Apostamos que el encanto de Holanda acabará triunfando.

Estamos en Ámsterdam, pues. Por supuesto, nos olvidamos de museos y visitas trilladas. Antes de nada, hay que resolver una cuestión: ¿cómo moverse por la ciudad? Dependerá, claro, de cada cual. Nos parece evidente, sin embargo, que para recorrer buena parte del centro lo mejor será el coche de San Fernando…sólo así nos perderemos entre los canales, topando con rincones únicos y reconfortantes.

¿O alquilaremos una bicicleta? ¿Por qué no? Delante de la estación, en todo caso, está la oficina de información turística. Nos pondrán al corriente: la red de transporte en Ámsterdam es fabulosa. Los medios para moverse son de todos los sabores y todos los colores. Por tierra o agua. Eléctricos o a tracción mecánica. Si acaso una recomendación: evitar el coche.

Las oficinas de información turística tienen curiosas consecuencias: a nosotros nos abren el apetito (que a veces se confunde con las simples ganas de salir de allí corriendo). Ok, ok, nada de museos. Vamos a un café. Buscamos un ambiente joven, universitario, elegimos el De Jaren (Nieuwe Doelenstraat). Nos gusta la refinación barroca, el exceso decorativo exprimido al máximo. Optamos, pues, por el Café Americain.

O si no, ¿para qué dar nombres? Nos metemos en cualquier local y probamos las famosas pannekoken, algo así como crepes. Bien, bien, la cosa va bien. ¿Y ahora qué? Ahora es Ámsterdam. Pero nada de museos. Mejor, nos vamos de compras. Hay momentos en los que la ciudad parece un gran bazar. Ámsterdam está llena de tiendas, que van desde el lujo extremo a los puestos callejeros más conmovedores.

El tiempo pasa deprisa. Uno no puede caminar por esta ciudad sin que sus mil alternativas y posibilidades lo entretengan. Los eventos salen de los patios de las casas para ocupar la calle. Incluso, si ya es verano, también Ámsterdam tiene sus playas. Urbanas, por supuesto.

Y luego ya habrá que ir a cenar, en el Suzy Wong o en el Onassis o, mejor, entrar en un restaurante de comida tradicional, autóctona. La noche cae y, para rematarla, nos vamos de fiesta. ¿Alguien duda que Ámsterdam ofrece una cantidad de pubs y locales asombrosa? Grandes discotecas, atmósfera chic, ambiente alternativos, salas de concierto, antiguas iglesias restauradas para el disfrute nocturno…en fin, que ya la aurora asoma su patita y sí, lo conseguimos. Gozar de Ámsterdam sin pisar ni un solo museo.

Foto vía: elbaulperdido

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